Leí y escuché los encendidos elogios que algunos doctos críticos de cine, como Carlos Boyero y Luis Ocaña, hicieron de Sirât, la última película de Oliver Laxe, tras Mimosas y O que arde. Ya venía avalada por el Premio del Jurado en el Festival de Cannes, ex aequo con otro filme. Tenía muchas ganas de ver cómo el atractivo, magnético director gallego había plasmado en la pantalla los impresionantes farallones de la Rambla de Barrachina, en la carretera que sale de Teruel hacia Cuenca. Así es que el 6 de junio me fui raudo al Cine Maravillas, a la primera sesión del día del estreno en salas comerciales. Además, la presentaron José Antonio Maco, Estefanía Centeno y Jesús Garcés, responsables de la Film Commission aragonesa, que habían tenido ya ocasión de verla en la proyección de Cannes.

La verdad es que la película te provoca un fuerte impacto, lo que cuenta no te deja indiferente; aunque no es plato para todos los gustos… Las imágenes poseen una gran fuerza visual, enfatizada por la casi constante música electrónica. Por su tema y su desarrollo podría enmarcarse este filme dentro de lo que el estudioso del cine André Bazin denominó ‘el cine de la crueldad’, un estilo cinematográfico que pretende remover las emociones del espectador mediante escenas impactantes, con situaciones extremas que revelan el verdadero comportamiento del ser humano. Y la música techno, que es la mitad del filme, contribuye a crear un relato como de trance; se te incrustan enseguida esos latidos acelerados de los altavoces gigantes e hipnóticos, esas fuertes palpitaciones oníricas que ya no te dejan en casi toda la película.

Por su estructura de road movie y su temática apocalíptica -el sirât del título remite a un simbólico puente o sendero que conecta el infierno con el paraíso, según el Islam-,  el filme nos regala con algunos guiños cinéfilos reconocibles: Mad Max, cómo no, la escalofriante The Road y la más reciente Civil War (es terrorífica,  estremecedora, es EEUU cualquier día de estos si las cosas no se encarrilan). También es fácil relacionarla con el clásico Centauros del desierto, de John Ford, con Fitzcarraldo, de Herzog, con La aventura, de Antonioni, e incluso con los planos iniciales de Carretera perdida, de David Lynch. Cuando el padre, tras un trágico suceso, se interna en el desierto y acaba perdido y postrado en el suelo, en medio de una tormenta de arena, no es difícil recordar una secuencia crucial de Dersu Uzala (El cazador), de Akira Kurosawa. Hasta a veces la peli tiene ínfulas tarkovskianas, sobre todo por la duración de algunos planos…

Pero según mi humilde parecer, se le podría haber sacado mucho más partido al guion, que cuenta esa historia de Luis, un padre desesperado que busca a su hija entre fiestas masivas en el campo, llamadas raves; que viaja en una furgoneta, acompañado por su hijo pequeño, Esteban. Empieza muy bien, te atrapa, pero hacia la mitad del filme, la búsqueda de la joven desaparecida deja de ser un planting de arranque (una plantación o siembra en el relato, que actúe de motor narrativo); te crea unas expectativas que al final no se satisfacen, no se recoge lo sembrado, no hay un payoff (un pago, una recompensa, un resultado). Y la chica, en fuera de campo, se acaba convirtiendo en un macguffin (una excusa narrativa para desviar la atención del espectador y contarle mientras tanto otras cosas); y a la mitad del metraje ya nos hemos olvidado de ella. Una noticia de la joven, bien a través de algún objeto o de un recuerdo de alguien, le hubiera dado mayor riqueza dramática. Hay una escena casi al final a la que se le podría haber sacado más partido: cuando se encuentran con un joven pastor de cabras de tez oscura que no quiere saber nada con los protagonistas. También se echa de menos algún flashback o algún diálogo que expliquen las motivaciones de los personajes, sus conflictos internos; algo que te empuje a inmiscuirte en el relato que se cuenta, a identificarte con los personajes centrales, a sentir una mínima empatía hacia ellos. Nos imaginamos, por las extremidades amputadas de dos de los raveros, que tienen heridas de guerra y de vida, pero del padre y del hijo no tenemos ningún dato salvo las fotocopias de un retrato de la joven desaparecida que reparten a la gente, de ellos no sabemos rien de rien

Hay demasiadas elipsis sobre el pasado del padre y de su joven hijo, nada se aclara de las motivaciones de la muchacha para no dar noticias de su paradero a la familia, nada se dice de la madre; y esa escasez de información te impide meterte en la piel de ningún personaje de la película. Casi acaban siendo más interesantes los raveros a los que siguen el padre e el hijo para que los conduzcan a una fiesta musical que, según dicen algunos, se va a celebrar en Marruecos, y allí podría estar la joven. Es significativa la camiseta de uno de los fiesteros, que lleva estampada una imagen de las dos hermanas gemelas del filme Freaks (La parada de los monstruos), de Tod Browning, lo que implícitamente lo asociamos con las minusvalías de dos personajes: uno es manco y al otro le falta un pie. Los raveros son gente alternativa, automarginada de la sociedad, son libres, son frikis de la vida.

Pero me quedo con algunos momentos que me han parecido mágicos: el dibujo de luz una noche en los farallones majestuosos e hipnóticos de la Rambla de Barrachina, su mágico trazo luminoso que dibuja una escalera al cielo; el muñón con gafas de sol de uno de los fiesteros cantando ‘El desertor’, de Boris Vian, y la sonrisa fugaz del niño Esteban al observar un improvisado guiñol; la escena del perrillo poniéndose muy enfermo porque acaba de comerse una mierda humana; el plano de Sergi López en la tormenta de arena; el baile, como de trance catártico, de los raveros evocando a los derviches giróvagos de Turquía; y la música de los créditos finales que parece salida de los sintetizadores setenteros del compositor Jean Michel Jarre.

El final te deja un poco… ¡pof! A ver si lo que Oliver Laxe quería sugerir era otra cosa, si su intención era más profunda, y yo no me he enterado de la misa la mitad, porque profundidad he visto poca, me ha parecido algo plana y pretenciosa, sobre todo en la última parte. A lo mejor es que me desazona ese final desesperanzador, nihilista, sin payoff, pues más allá del cerro pedregoso al que ascienden los tres personajes supervivientes y el perro de los raveros después de sortear las imprevisibles minas explosivas, más allá solo hay más desierto, y seguramente más campos de minas… De la rave del inicio en un aislado, profundo y acogedor barranco de color encarnado, el director nos transporta por un puente metafísico hasta la cresta agreste de una colina, rodeados de una inmensa llanura de arena ocre…  De la montaña al llano, en un viaje sin fin…

Lo que me ha parecido muy extraño es que en los créditos finales no se nombre la Rambla de Barrachina, donde se rodó buena parte del filme. Solo se menciona que fue rodada en Teruel, Zaragoza y Marruecos. GMM.

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En este vídeo se explican con ejemplos algunos recursos narrativos (entre ellos, la elipsis, el planting y el payoff) que conviene conocer para disfrutar más de las películas. También puedes encontrar información sobre ellos en el blog: Cuaderno de rodaje