«Al final de todo está el fuego, señorita Claudia. Está la hoguera de aquella noche en el jardín de la casa turinesa de mis abuelos en Via Vignale. Desde la ventana de mi habitación veo a mi padre que, en un arrebato de desesperación, ha salido al jardín cargado con un saco repleto de latas de película y las ha volcado con furia sobre el suelo, que ha sacado los rollos de nitrato y los ha amontonado sobre unos palos rociados con petróleo, soltando mientras tanto improperios y tacos en francés, su lengua materna. Ha encendido con nerviosismo una cerilla y, antes de lanzarla a los rollos oscuros y brillantes, ha observado su llama y ha susurrado algo así como “el cine nos va matando a todos poco a poco”. Enseguida el fuego ha derretido todas las películas que con tanto mimo guardaba el abuelo en un baúl. Los nitratos formaban ya una deforme bola negra de gelatina chamuscada.

Yo lo observaba todo desde mi habitación, hipnotizado por las llamas, deseando que esa escena fuese solo una pesadilla. Entonces me precipité al cajón de mi mesilla para comprobar que la pequeña lata con la película de animación Lulù seguía ahí. Y pensé con tristeza que solo ese corto, el que me regaló mi abuelo antes de que se marchara a Marruecos, se había salvado de las llamas. El cortometraje, de apenas ocho minutos, iba sobre un chimpancé presumido que una noche es asaltado en su casa por un ladrón. Pero gracias a las dotes mágicas del mono, el caco acabará recibiendo su merecido, con la aquiescencia de un policía».

Fragmento apócrifo del relato inédito Destellos del amor amargo, sobre el rodaje en La Riviera italiana de la película La Mimosa, de Segundo de Chomón, con el joven Cesare Pavese de protagonista.